Mary Shelley: relamida memoria del terror

Todo encuentro señala la posibilidad un nacimiento. Y de un susto, incluso. Primer encuentro. Borges se sienta en un banco de Boston, en la costa Este de Estados Unidos, y en otro de Ginebra, en la orilla (no está claro si a oriente o poniente) del lago Lemán.

El mismo día, a la misma hora, la misma persona. A los dos Borges, el joven y el viejo, les separan décadas, océanos enteros, pero lo importante es el encuentro. Así empieza el relato El otro. Segundo encuentro. Hace más de 200 años, a orillas precisamente de ese mismo lago Lemán, Lord Byron, John Polidori, Percy y Mary Shelley se reúnen. Un verano lúgubre por culpa de la erupción del volcán Tambora les obliga a la reclusión. Allí imaginan historias, cuentos pavorosos quizá. Y allí surge el más siniestro de todos los relatos: el de Frankenstein. También éste, como el de Borges, habla de otro hombre. Quizá nada se acerque más al terror que la certeza del doble, del monstruo que vive en lo más íntimo de nosotros mismos.

Por primera vez, el terror no venía de fuera. No era un monstruo, una criatura de la noche o un espíritu extraño el que nos aterrorizaba. Simplemente se trataba de un ser tan perfectamente igual a nosotros que se diría idéntico. El Frankenstein ideado por Mary Shelley, de él hablamos, inauguró una forma de terror por necesidad materialista. Y en su denuncia de la humillación, hasta revolucionario. El otro somos nosotros. Básicamente, éste es el punto de arranque y motivo de la película de Haifaa al-Mansour. La idea no es otra que retratar meticulosamente ese momento crucial que cambió la manera de temer no tanto al mundo como a nosotros mismos.

La película quiere en todo momento mantenerse fiel a cada gesto de la época. A la vez sucia y barroca, meticulosa y fracturada. Y así, la directora saudí cambia completamente el registro de su primera cinta, La bicicleta verde, y se esfuerza ahora en retratar ese primer impulso si se quiere feminista que de forma tan fiel hace coincidir aquel instante iniciático en Lemán con el presente. En efecto, el horror es siempre el mismo. Y la injusticia.

Mary Shelley es la historia del nacimiento de un libro, pero también de una mujer. Es más de la mujer que, tras verse maltratada, ignorada, en definitiva, humillada, decide enfrentarse a su maltrecho destino. Y la forma de hacerlo es contar su propia historia, la más íntima de todas, la del encuentro, otra vez, de su pasión por la escritura con el horror más profundo. Y más evidente a la vez.

El problema, pese al cuidado con el que es tratado cada detalle, es la imprecisión. Mary Shelley quiere contarlo todo y en su voluntad omnisciente acaba por situarse muy cerca de la afectación. Por más esfuerzos que hace Elle Fanning, siempre en su sitio, por acercar su personaje a la realidad, buena parte del reparto queda atrapado en el estereotipo del poeta maldito a un paso tan sólo del maldito idiota. Sea como sea, queda el terror o la pesadilla (que no el sueño) de estar vivo. O casi.

Volviendo a Borges. Un hombre se encuentra consigo mismo y apenas reconoce la huella de un simple sueño en el que identificarse: “Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar”. Hemos llegado. El otro o la pesadilla (que no el sueño) de estar vivo, o casi, como Frankenstein, como la propia Mary Shelley en la lectura de Haifaa al-Mansour.

 

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