Secciones
 HomePage
 Estrenos
 Especiales
 Recomendadas
 Reviews
 Actualidad
 Festivales
 Perras de Película
 Potros de Película
 Estrenos en video
 Estrenos en DVD
 Yo Actor
 Yo Director
 Staff
 Servicios
 Suscripción
 Contactate
 Downloads
 Wallpapers





Yo Director
Publicado el 11/11/1999

El Coronel y yo, por Arturo Ripstein


El Coronel no tiene quien le escriba era mi novela. Era tan mía como es de Gabriel García Márquez. Tan mía como es propia de todos aquellos que la han leído.

Me era propia y entrañable: formaba, como para tantos otros, parte de mi acervo familiar íntimo, privado. Mi caso era el mismo que el de tantos y tantos lectores... Porque El Coronel no tiene quien le escriba es una de esas novelas que se pegan en el fondo del alma, en algún pliegue del recuerdo, o de las venas, y que pasan a ser parte no ya de la biografía, sino de la biología de los que la leen. Entonces, ¿cómo adaptar la clásica y entrañable novela de Gabriel García Márquez al cine? ¿Cómo darle cara y voz, a quien ya tantos le han puesto cara y voz? Era un reto, y un reto paralizante. Hasta que releí la novela. Hasta que volvieron a atraparme los sueños rotos y los sueños aplazados de este Coronel de trópico perezoso, tan acostumbrado y desacostumbrado a la espera. Hasta que atrapó de nueva cuenta el ritmo de la pluma de García Márquez. Y decidí afrontar el reto. Tenía que hacerla mía. Tenía que arrebatársela a García Márquez, con amoroso y presuntuoso desrespeto, pero arrebatársela. Porque el cine no admite dos lealtades. Es un dios demandante y presuntuoso. Y yo hago cine. Entonces la ubiqué en mi universo. En mi país: México; en mi región: el trópico veracruzano; en mis olores y sabores de la infancia: los pequeños pueblos ribereños de los años cuarenta. Era el mundo que mi abuela me contaba, el mundo doméstico y familiar que -como la novela- está encarnado en mis entrañas. Cuando la hice mía, cuando el Coronel y su mujer hablaron con mi voz y con la de los míos, cuando arteramente me la apropié, la robé, comencé a escribirla. Pocas veces me había enfrentado a un trabajo tan suave, tan sencillo, tan natural, tan placentero. No tenía que luchar contra la trama, sino dejarme ir con ella, como la barcaza del río que no trae la carta que el viejo Coronel espera. El Coronel no tiene quien le escriba es una historia que se cuenta sola. Tiene la naturalidad, la simplicidad y la elegancia de la perfección. La escribí a golpe de placer. La escribí a ciegas, sin plan, ni guía, ni brújula. La escribí rápido y con ganas. Cuando la terminé, una madrugada tarde y la leí al abrigo del alba, descubrí -para mi azoro y sorpresa- que había escrito una historia de amor.

Una historia de amor que nos había entremezclado García Márquez entre esperas y peleas de gallos. Nos la había dejado ahí agazapada entre los pliegues de la trama. Yo me la topé sin saberlo, sin esperarla. Y sin esperarlo, sin planearlo, sin suponerlo, me refocilé con placer, en ese amor tibio de viejos derrotados.

…Y es que a veces uno es la pluma de otro…




© FOTOGRAMA.com