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Yo Director
Publicado el 10/06/1999

Arturo Ripstein


Arturo Ripstein

En Cannes

"El coronel no tiene quien le escriba"

En exclusiva, el director mexicano nos explica "El Coronel no tiene quién le escriba", basada en la novela de Gabriel García Márquez. Una nota que nos envían nuestros colegas de Claqueta de España.


Enfrentarse a un clásico es siempre aterrador y tentador al mismo tiempo. Aterrador porque uno sabe que no sólo se enfrenta a los amplios recursos de la literatura, más cimentados que los del cine, sino que se enfrenta tambiéna la fértil imaginación de los lectores. Y sin embargo es tentador.

Tentador porque, huelga repetirlo, los clásicos son clásicos por derecho propio. Detrás de cada clásico hay la historia paladeable y bien contada que permanece ante modas y caprichos. Se acaban los mundos que originaron y que reflejaron los clásicos de la literatura. Ellos permanecen con la frescura del primer día. Homero está ahí para testimoniarlo.

"El Coronel no tiene quien le escriba" es un clásico. Por ello me tentaba, me tentaba con esa historia de trazado certero y elegante. Una historia tan tersa como su prosa. La historia del Coronel es una historia conmovedora por lo escueta, por lo entrañable que resultan las angustias y dificultades del viejo militar escarnecido por la vida. Las terribles miserias minúsculas de lo cotidiano, del hombre pequeño y común y corriente. Del hombre que somos todos nosotros. La historia del Coronel tiene, sin embargo, en mí un arraigo viejo. Hace treinta y cinco años filmé mi primera película: "Tiempo de morir". Fue un acto de audacia. Tenía yo 21 años. Era la historia de un viejo. La escribió Gabriel García Márquez. Era el pasado remoto. Eran los años antes de Cien Años.

El viejo de "Tiempo de morir" estaba unido con vasos comunicantes con el Coronel. Los unía la derrota y la dignidad. No era casual. Ambos tenían el mismo padre.

Desde entonces el Coronel me ronda la cabeza. Me ronda con la misma obcecada paciencia con la que el Coronel espera la carta. El Coronel esperó a que yo envejeciera. Ahora, treinta y cinco años después, mucho más cercano en años al Coronel que al imberbe director debutante, me ha llegado el tiempo del reencuentro. Pero me pregunto por qué el Coronel, terco y persistente, sobrevivió 35 años en los recodos de mi memoria.

Todos tenemos alternativas pendientes. Todos sabemos a ciencia cierta que casi todas se disuelven con los años y que si acaso les llega su momento las más de las veces han perdido su vigencia. Hablan de otro yo, generalmente perdido y enterrado hace años y muchas veces nos preguntamos azorados quién era ese "yo" que gestó ese pendiente en la memoria.

El Coronel, en cambio, mantiene -a tantos años de distancia- vasos comunicantes con el hombre que soy ahora. Comulga cabalmente con mi manera actual de ver el mundo y la vida. Se nutre de mis mismas obsesiones. Porque la historia del Coronel tiene, a mi entender, como las cebollas, tres estadios, tres lecturas, tres tonos de voz, tres memorias.

La primera: un hombre agobiado por el hambre y la burocracia. Un hombre tenaz que espera y desespera en el muelle aguardando al barco que debe traerle la pensión prometida. Es la historia que de manera más evidente nos viene a los lectores a la cabeza cuando recordamos al Coronel. Es la más hablada, comentada, aludida.

Pero debajo de esta historia se encuentran escondidas dos historias paralelas. En ellas están la carne y las entrañas delCoronel. Eran estas historias las que se anclaron en mi memoria. Una de ellas era la historia de amor. La historia de un amor de viejos, que por años se han madurado rencores y reproches; que por décadas se han conocido las manías y los sueños; que se han tenido rabia y paciencia, y que a tantos años de distancia -y con tanta rabia y desvelo entre medio- se siguen guardando el mismo amor enamorado de los años tiernos. Es un amor recatado, prudente, sereno. Un amor que no necesita ya de palabras ni de gestos. Un amor que se sabe del otro y en el otro.

Después de mi película "Profundo carmesí" que versa sobre el Amor Loco, el amor que arrasa y devasta todo lo que encuentra como una tromba de finales de verano, para mí era necesaria una disquisición sobre ese otro amor, el prudente y discreto. El amor de todos los días. El amor del hombre cotidiano. El amor discreto y comedido del Coronel por su mujer. Un amor que mantiene, a su vez, la misma intensidad, la misma entrega, los mismos celos apasionados, aunque ahora el objeto de los celos sea un gallo, al que el viejo militar prodiga mimos y atenciones que la mujer reclama para sí. Le tiene celos de hembra, y reacciona con artimañas de hembra herida.

Quiero hurgar. Hurgar con ternura y compasión en esta pareja, con tanta historia a cuestas que ya se le acabó la historia. Hurgar sin recato en el corazón de este viejo caballero tan lleno de recatos. Y ahí, en el caballero recatado de antaño, encuentro los vasoscomunicantes con el tercer nivel de lectura que me resaltan de El Coronel no tiene quien le escriba: El Coronel es un utopista, un iluminado, un Quijote de traspatio y de corrales, aferrado contra viento y marea a una causa: su gallo de pelea, que le ha de devolver de la condición de mancillado y ultrajado al que lo ha sometido la pensión incumplida.




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