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Yo Actor
Publicado el 01/06/2005

Irene Papas

No hay sueños imposibles para la actriz griega mas famosa del mundo.



La actriz griega de 72 años ha logrado poner las primeras piedras de una escuela internacional de interpretación con sedes en Atenas, Roma y Sagunto. En esta última ciudad, sobre un escenario proyectado por Santiago Calatrava en una nave industrial, se estrenó “Las troyanas”, de Eurípides. Comparte dirección e interpretación con La Fura dels Baus. Nace así la Ciudad de las Artes Escénicas de Valencia.

Sueña que es arquitecta y construye teatros y escuelas por el mundo. Mas no será en el sueño donde viva la dama de oscuro, sino en la realidad, su piel radiante de luz. Así pues, buscó un lugar y pidió a otro genio que hiciera material su fantasía. La dama de oscuro en busca de luz es Irene Papas (actriz y directora dramática) y el genio bueno (éste sí, arquitecto) Santiago Calatrava, que por primera y única vez se mete en el teatro. En el escenario, 15 cañones y el Mediterráneo al fondo; 15 cañones o rejas y un grupo de mujeres cautivas o el botín de la guerra. Estamos en la nave abandonada de los Talleres Generales, altos hornos de Sagunto. Ayer noche, los rayos de una tormenta cruzaron a sus anchas el espacio desnudo, sin ventanas, sin nada más que el armazón de una ilusión. Sueño hecho real: el próximo viernes, troyanas y soldadesca ofrecerán el primer drama de la Ciudad de las Artes Escénicas de Valencia: Las troyanas, de Eurípides, dirección teatral, Irene Papas y Jürgen Müller (La Fura dels Baus); intérpretes principales, Irene Papas, Marina Saura, Rosana Pastor, Manuel de Blas y hasta 60 artistas en escena: actores, cantantes, bailarines.

El lugar. Los sueños de Irene Papas le han ganado la carrera al tiempo. Mientras ella sueña despierta, su edad parece diluirse. Tanto es así que entre la felicidad, la escuela que ya ha levantado en Atenas, ésta de Valencia y la próxima, que será en Roma, la actriz aparece con dos lustros menos (72 años que pudieran ser 60). “Será por el corte de pelo”, dice. El luto de Hécuba: “por hacer más penoso el duelo, me he rapado la cabeza”, declama con voz de reina viuda, llena de pena. Corte a lo garçon. Le sienta espléndido. Será por la luz de su piel pálida, las manos cubiertas de pecas color de la miel, las rodillas desolladas de caer sobre la tela de asfalto del escenario. Oscura toda ella en el vestido y sus contornos. ¿El lugar era la tierra de Sagunto?, ¿25 años buscándolo? ¿qué tiene Sagunto? “No, esto sucedió de otra manera”. Había tardado 25 años en encontrar el suelo de su escuela en Atenas. “Hace cuatro años vine a hacer el pregón del quinto centenario de la Universidad de Valencia, leí un texto en el antiguo teatro romano de Sagunto, y de camino allá, un amigo catedrático me llevó a ver las naves. Cuando las vi... ¡Aaaaaah! Sentí en el fondo de mi garganta esa dulzura que se me pone cuando algo me gusta mucho: aquella catedral de hierro, navegando en el espacio, ligera, como un palacio, una iglesia: tiene tanta fantasía… Hay que hacer algo con esto, me dije. Me encantan estos lugares abandonados por la industria, de techos altos, donde el alma puede volar. En cambio, me deprimen los teatros pequeños, negros, cerrados, con cortinas y apliques. No había tiempo para adaptarlo entonces, no cumplía los mínimos de seguridad. Pero insistí, poniendo el ejemplo de lo que habíamos hecho en Atenas. La política de Zaplana apoya mucho la iniciativa cultural, me parece estupendo, ya ves que Valencia se ha convertido en una referencia mundial. Así que un día me llaman y me dicen: Irene, eres presidenta de la Ciudad de las Artes Escénicas. El proyecto me entusiasmó, es una maravilla, lo tiene todo para hacer una gran escuela, una escuela no de la teoría”. Una escuela o laboratorio para su método de enseñanza dramática, basado en preguntas, lógica y libertad. “Cuando terminemos Las troyanas empezarán a restaurar el espacio, el proyecto va unido al de Atenas y a otro en Roma, para tener así más fuerza, para volver a proponer una cultura del logos y la inteligencia, una cultura que plantee preguntas, porque lo único que ahora se encuentra en el producto cultural son respuestas”.

Otro sueño. Irene Papas tiene otro sueño que tal vez vuelva a ganar al tiempo. Este tiene registro de cine: le gustaría llevar las tragedias clásicas a la gran pantalla, alimento de primera mano, para jóvenes acostumbrados a recibir respuestas sin plantearse preguntas. “Están bombardeados por productos que les niegan la lógica de acto y resultado: todo está programado de antemano: aquí lloras, cuando suene esta música es que va a ocurrir lo malo y así todo preparado como una receta. El espectador no es persona, no es más que taquilla. El teatro, en cambio, tiene amor, es generoso, nace y muere en el instante, nunca se repite. Establece una comunicación intelectual con la gente no para conquistar clientes, sino mortales dialogantes: no ofrece respuestas, sino preguntas: ¿qué provoca la guerra? No quiero hacer apología de la tragedia, pero creo que llega al corazón de las personas, conmueve, emociona. Son textos imperecederos porque van al fondo del razonamiento, a la existencia del bien y del mal, y todo lo que hay detrás de una tragedia es política. Los gobiernos saben que la cultura da mucha proyección, es económicamente rentable, no con la taquilla sino con la respuesta de la gente, que viene a ver, porque qué otra cosa es el arte sino intercambio de sabiduría. Ningún productor hubiera puesto un duro para esta escuela, y el arte cuesta, pero quién no prefiere cuatro tragedias a un avión de guerra”. Y a su vez el arte, considera, no puede vivir al margen de la política. “Somos seres políticos, todo lo que decidimos son actos políticos”. Aunque ella nunca haya militado más allá de la conciencia. “He participado en la lucha contra la dictadura griega, pero la política es una profesión, y la mía es otra”.

La guerra. Vietnam, 1968, la actriz griega viaja por Estados Unidos con Ifigenia en Aúlide, tragedia contra las contiendas. Las troyanas, también de Eurípides, año 400 a . C., y la misma guerra. “Esta tragedia de Eurípides tiene 2.500 años y es absolutamente contemporánea e incluso futurista, la vida no ha cambiado tanto, en tal caso sólo ha empeorado. Este es el texto más antibelicista que jamás se haya escrito”. Nunca hemos cambiado de guerra. “La fuente es siempre la misma: el dinero. Vietnam era el caucho, Kósovo es el uranio. La misma crueldad, la misma insensatez. ‘¿Qué temes de este niño para perpetrar un crimen tan absurdo? (Eurípides)’. Sus palabras son sabiduría concentrada. Y a mí me gusta ser el puente emocional de sus ideas, servir al público que es inteligente, que merece todo mi respeto. Si Eurípides no hubiera tenido al público como aliado no habría existido”. Sí han cambiado los arquetipos femeninos, ha nacido la mujer con piel de lobo (hombre), pero las víctimas de la guerra siguen siendo las mismas, “porque la mujer nunca podrá olvidar que su deber es proteger la vida de la especie, el joven fuerte que ella ha llevado dentro de su propio cuerpo, al que no ha criado para luchar, es sacrificado. Los que quedan para sufrir son siempre los débiles. Eran los esclavos; son los prófugos, los refugiados, el éxodo”. Las mujeres, viudas, violadas, son hechas prisioneras como mercancía. Batallan, provocan a los soldados, lo han perdido todo. “La mujer hoy es más inteligente, va a la escuela. El hombre tiene miedo de la mujer que sabe, y está extrañado porque ya no es ella el objeto del deseo, sino que el deseo ha adoptado caras diferentes: los travestidos, que son las más bellas mujeres, el manierismo femenino. Y entonces la mujer imita al travestido para dar placer al hombre, se convierte en una muñeca extraña”. Se humilla, dice. Ella detesta la estética artificial, la cirugía, “porque la naturaleza hace a las personas bellas, ¿por qué no se operan ellos? Porque no los bombardean con la publicidad. El amor ha perdido la alianza, tiene jefe y esclavo, uno está obligado a ser bello y encender el deseo, y el otro tiene que aprobarlo. Y el amor, que es la fuerza de la vida, se ha convertido en sexo. Menos mal que a mí ya no me toca, no puedo más, aún me pinto lo ojos pero... Soy una nave atracada en las cosas del amor. No puedo soportar la humillación que muchas veces conlleva el flirteo. Cuando un hombre me llama bella me entran ganas de contestarle: ‘y tú feo’. Pero bueno, el amor puede volver a sucederme a los 90”.

Irene Lelekov se casó con 17 años. Cuatro años de matrimonio, un divorcio y un nombre para toda la vida, Papas. “Luego tuve largas bodas privadas (convivencia con parejas) y largas viudedades, muy largas; soy muy monógama, cuando me quedo viuda no soporto que nadie me roce la piel. El sexo y el amor para mí van unidos”. No tuvo hijos. Tiene escuelas. No quiere que quede de ella más que cenizas. “Me gustaría hacer mi funeral en vida, representar mi cortejo fúnebre, prepararlo como un chiste y escuchar lo que van a decir los amigos, pero me da miedo”. A veces le ha molestado que su personalidad, incluso su rostro, se identifique con el de la tragedia. Le parece un reduccionismo, “mi elección es la tragedia, pero mi profesión abarca todos los registros, y he hecho de todo”. Cuenta, sin embargo, su vida sentida como tragedia: “He visto y vivido la guerra de los alemanes en Grecia, me he despertado con las bombas, con muertos a mi lado, he pasado hambre, hemos sido invadidos. Tengo dos imágenes grabadas a fuego, una es de una bomba que cayó sobre un grupo de gente cobijada bajo un árbol, todos muertos, y otra es un carro lleno de cadáveres que iba dejando un reguero de sangre. Recuerdo haber delirado de miedo delante de la imagen de la Virgen. Y luego sufrimos la guerra civil, la separación del pueblo, que duró hasta el 53, porque Roosevelt, Churchill y Stalin habían dividido Europa. Murió un diez por ciento de la población, y yo lo viví todo. Y luego la vida también me ha brindado pequeños detalles que fueron grandes tragedias”. Aunque nunca se haya rapado el cabello más que por exigencias dramáticas (Hécuba o Electra, esclava en casa de su propia madre). “No me gusta el pelo corto, no quiero parecerme a un hombre. Cuando una mujer es vieja y el cuello se le afloja... No puedo soportar el envejecimiento. Me veo gestos de mi abuela, de mi madre: mi cuerpo no es el mismo, aunque todavía sea flexible”. No sé de qué habla. La recuerdo mayor en un encuentro hace once años, le digo. “Puede ser que entonces estuviera triste. Aún no tenía la escuela de Atenas, que me ha cambiado el carácter, y me ha dado esa juventud que tú ves (se ríe)”.

El pecado y la felicidad. Dice Irene Papas que estamos aquí para ser felices, que no serlo es pecado. “Es una ingratitud hacia la naturaleza, que no te ha dado todo lo que tienes para ser infeliz. Sólo la conciencia, el destino ineludible de la muerte te hace infeliz. Y aceptarlo es una lucha que dura toda la vida, subconscientemente hacemos cosas para que algo de nosotros permanezca, para que quede cuando nos vayamos. Pero yo no le he puesto ni mi nombre a la escuela: no soy más que polvo, cenizas”. Tal vez fuera pecadora o ingrata, ahora se le ve feliz. Pero, ¿pecadora ante qué dios? “Dios no es lo que cada uno se imagina: Dios es la pregunta, el porqué, una gran energía”.

Prefiere vivir a soñar, la realidad a los sueños. “A mí nadie me ha regalado la realidad”. ¿Sagunto es un sueño? “La nave me ha dado los sueños”. ¿Y si la ilusión desaparece? “Muero. Espero morir en pie si la naturaleza me ayuda, pero no en la escena sino dedicada a las escuelas, poder traer aquí a la China, a los países escandinavos, el festival de la sombra, esculturas de la energía solar...”. Sagunto es la nave de su futuro.




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