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Hay un par de datos que los futuros espectadores de Los mensajeros deben manejar, para no quedarse fuera de la trama. Uno, que los fantasmas en las películas de los gemelos Pang son como los piojos: no vuelan, sino que se arrastran —lo cual no quiere decir que cuando lo atrapan a uno, lo vayan a soltar—. El otro, más que un dato es un consejo: no ingresen ni un minuto tarde a la sala, porque sino, no comprenderán mucho de lo que va a suceder en la casi hora y media restante.
Después de despacharse con El ojo (2002, estrenada aquí en abril de 2005), Danny y Oxide Pang despertaron el interés en todo el mundo, amén Hollywood. Y fue Sam Raimi, fanático del género de terror él mismo antes de dedicarse a dirigir la saga de El Hombre Araña, quien les produjo su primera incursión en los Estados Unidos. Y Los mensajeros es menos críptica que sus producciones en Hong Kong. Lo que no ha cambiado es la manera en que los espíritus reptan y el impresionable color de su piel blancogrisácea.
Los niños perciben fenómenos paranormales que son ajenos a los adultos. Sobre esta base, los Pang elaboraron la historia de Roy (Dylan McDermott, de la serie The Practice) y Denise (Penelope Ann Miller, adicta al género), un matrimonio que deja Chicago rumbo a una granja abandonada donde cosechar girasol. Allí llegan con su hija adolescente, Jess (Kristen Stewart, que ya de sustos sabe bastante: era la hija de Jodie Foster en La habitación del pánico) y el pequeño Ben (los hermanos Evan y Theodore Turner se alternaron en el set de rodaje, como los mellizos directores a la hora de filmar), que no habla pese a tener dos años.
Hay algo de lo que no se habla entre los adultos, y un resquemor que hace que cuando Jess tenga una experiencia sobrenatural en la granja, nadie le crea.
Nadie, salvo el espectador que se anime a mantener los ojos abiertos ante la pantalla.
La profusión de filmes de horror ha hecho que estén los que suman atrocidades varias, como decapitaciones, cortes de extremidades y más asquerosidades en primer plano, como en La masacre de Texas: el inicio y Los ojos del mal, y otros, si se quie re, más sutiles. En este segundo grupo entran la mayoría de las películas de horror que vienen de Asia, y los Pang se despachan aquí con una de emociones fuertes.
Uno en el que, como en muchos filmes del género, la historia es entre lineal y convencional, pero el miedo se apodera de la platea con inusual rapidez.
Pablo O. Scholz (Clarín)
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