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Publicado el 20/10/2006

Monobloc

Rehuir las convenciones narrativas, desechar cualquier forma de naturalismo, colocarse fuera de las reglas para inventar una nueva realidad por la vía del artificio y buscar allí una manera distinta de aproximarse a los misterios de la vida. Eso es al parecer lo que se propone Luis Ortega en Monobloc , dejando al espectador el compromiso de intuir, descifrar o, en el mejor de los casos, divisar en ese cuadro elaboradamente surrealista alguna clave para entender el mundo, sin otra referencia que las que pueda hallar en el propio film.

La actitud tiene tanto de meritorio (tomar riesgos no es siempre suficiente, pero sí saludable para sacudir la rutinaria modorra creativa) como de presuntuoso: el film adopta el aire de una parábola abstrusa que cada uno debe esforzarse por interpretar, y ese buscado hermetismo, quizá desafiante para algún espectador, también será motivo de irritación o desaliento para otro.

Nada está al azar en Monobloc : ni la luz encendidamente crepuscular ni el blanco enceguecedor de los laboratorios ni los espacios despoblados: el edificio vacío donde sólo viven las protagonistas; el parque de diversiones sin visitantes y con sus juegos inmóviles; la atmósfera irreal de desolada pesadilla; la ausencia de hombres, que prefigura el fin de la especie. Todo parece estancado en esa "ninguna parte" donde viven las tres mujeres "haciendo como si no pasara nada", aunque en su pequeño mundo, vestigio de lo que hubo alguna vez, hay muerte, tensión y enfermedad, y escasos salvavidas a los que aferrarse. En esa especie de último confín bullen las preguntas que nadie se formula y que el film apenas sugiere.

Estamos, claro, en el territorio del sueño, un sueño tan laboriosamente elaborado y compuesto que casi se niega a sí mismo: lo que reina aquí no es el libre delirio del inconsciente, sino un buscado sinsentido que no establece sus propias reglas y no siempre contiene la intriga suficiente para suscitar la curiosidad e invitar a sumirse en él. El vacío del ambiente, las conductas rutinarias de los personajes y la controlada puesta en imagen impiden cualquier oxígeno; la muerte, más que una amenaza, es una presencia que reina sobre las tres sobrevivientes: la madre cuya vida pende del indispensable cambio diario de su sangre enferma; la hija lisiada y silenciosa que se prostituye con anónimos hombres invisibles, y la que ellas llaman Madrina, que combate el calor con sus baños en un pequeño tanque y el tedio mortecino con el fernet y la charla fútil. El cuarto personaje es la maliciosa dueña del parque, que se dice mejor amiga de la madre aunque acaba de despedirla para meterse ella misma en el muñeco de Minnie que "anima", junto al de Mickey, el desanimado parque.

Obra de climas, cerebral, muy bien actuada, a veces abrumadora en sus pretensiones y seguramente excedida en hermetismos que buscan invitar a la reflexión pero pueden generar perplejidad, Monobloc confirma, no obstante, el espíritu inquieto de Ortega, la fe que demuestra en su propia condición autoral (incluso con una gratuita cita autorreferencial), su inventiva para la puesta en imágenes y para el empleo expresivo del sonido y su formidable sensibilidad plástica.

Fernando López (La Nación)


"Monobloc"

Monobloc
Argentina 2004, 80 minutos

Dirección
Luis Ortega

Guión:
Luis Ortega, Carolina Fal

Fotografía:
Jorge Pastorino, Octavio Lobisolo

Música:
Leandro Chiappe

Montaje:
César Custodio

Protagonistas:
Graciela Borges, Rita Cortese, Carolina Fal, Evangelina Salazar



Calificacion: 7

Género
Drama

Estreno en Argentina
19/10/2006



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