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Publicado el 19/05/2006

El código Da Vinci

Al cabo de dos largas horas y media, una vez que se logra echar luz sobre una enmarañada madeja de misterios, enigmas y acertijos, y que cada una de las piezas dispersas de un gran rompecabezas disperso a lo largo de 2000 años de historia parece quedar en su lugar, entre los créditos finales de la película más esperada -y más celosamente custodiada- de los últimos tiempos no deja de llamar la atención la presencia de Dan Brown como uno de los productores ejecutivos.

Que el autor del mayor éxito editorial de los últimos tiempos -40 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo desde 1993- haya querido comprometerse de tal modo en la adaptación cinematográfica de una obra que no deja de provocar curiosidad y encender polémicas queda claro desde el mismo comienzo, cuando un hombre mayor corre con visible esfuerzo por una de las galerías del Museo del Louvre hasta quedar a merced de alguien más joven, ágil y corpulento vestido de monje, cuyo lúgubre y siniestro perfil aparece entre las sombras.

Este nervioso prólogo no es más que la muestra de algo que se repetirá a conciencia durante el desarrollo sustancial de la trama: el film sobre "El Código Da Vinci" consiste en buena medida, con excepción de su tramo final, en una suerte de representación figurativa casi literal del libro que lo inspiró. Como si se tratase de una versión gráfica del texto, que incluye transcripciones literales de algunos diálogos o expresiones clave y remite estrictamente a aquél en la descripción de las acciones, en los recurrentes flashbacks y en la ajustada descripción de sus personajes, quizá con la visible excepción del gerente bancario André Vernet.

Prolija y cuidada, pero por momentos peligrosamente cercana al tedio, "El Código Da Vinci" hecho película también representa la más pura definición de lo que hoy es y significa Hollywood, encarnado en el trío que acredita la responsabilidad de otro éxito también relacionado con intrigas, especulaciones matemáticas y conflictos entre ciencia y fe como lo fue "Una mente brillante": el director Ron Howard, el productor Brian Grazer y el guionista Akiva Goldsman. Desde esta perspectiva, la película parece ser el resultado de un acuerdo tácito entre el astuto Brown y una maquinaria resuelta a trasladar el libro a la pantalla con similares metas de repercusión. A priori, el propósito parecía asegurado desde ciertas coincidencias básicas por ambas partes: la novela es casi el borrador de un argumento cinematográfico y tiene, como lo exige el manual del entretenimiento básico, las suficientes vueltas de tuerca, giros inesperados, efectismos, manipulaciones y muestras de un deliberado afán provocador como para exigir de algún avezado guionista sólo el suficiente talento para condensar en poco más de dos horas un libro de 557 páginas.

Lo cierto es que no todas las expectativas resultaron satisfechas. Howard aprovecha el privilegio de haber podido rodar la secuencia inicial en el mismísimo Louvre para manejar desde el vamos con pulso firme y sobrado oficio de curtido narrador el sugerente clima de intriga que parece acentuarse mientras más crece el jeroglífico -harto conocido por la divulgación que cobró el libro- planteado ante las narices del experto simbólogo Robert Langdon y la joven criptóloga de la policía francesa Sophie Neveu: la muerte del anciano conservador del Louvre -y abuelo de la muchacha reaviva un secreto desplegado alrededor de la obra de Leonardo da Vinci y que podría cuestionar los cimientos del cristianismo y el poder de la Iglesia.

Pero cada vez que el relato parece afirmarse tanto como el cerco que tiende el obstinado jefe policial Bezu Fache sobre la pareja, que a esas alturas se convierte en fugitiva, Howard resigna buena parte del nervio que caracterizó a su mejor antecedente en el terreno de la acción y el suspenso ("El rescate", donde Mel Gibson luchaba contra los secuestradores de su hijo) y se entrega mansamente a la fidelidad extrema hacia un texto original en el que la mayoría de los personajes va perdiendo de a poco -hasta diluirse casi por completo- el espesor con el que habían irrumpido en la trama. Así, los momentos de máxima tensión se esfuman sin mayor consistencia y sólo reaparecen cada vez que toma parte en el asunto un personaje tan decisivo como el intrigante y manipulador sir Leigh Teabing.

Al depender de forma tan considerable -y por momentos forzada- del texto, Howard termina entregando uno de sus trabajos menos personales. Sólo se permite escapar de esa rígida subordinación cuando el film toma clara distancia de las referencias y menciones más fuertes sobre cuestiones religiosas y sexuales que Brown disemina con astuta habilidad a lo largo de su obra. Pero aquí corresponde decir que el modo atenuado con el que el film plantea estos temas respecto de la novela parece más el resultado de la manifiesta intención de Hollywood de no herir susceptibilidades, evitar choques innecesarios y abrir el film a la mayor cantidad de público posible que de alguna búsqueda expresiva. Como si el realizador confiara más en el magnetismo que genera el libro por sí solo que a su capacidad de recrearlo con un lenguaje propio.

Es cierto que uno de los personajes centrales de la película es un ambicioso obispo capaz de apañar métodos inconfesables para obtener sus propósitos que aparece explícitamente mencionado como integrante del Opus Dei. Pero las referencias que la novela hace sobre el Vaticano y algunas de sus autoridades aquí están deliberadamente omitidas o apenas insinuadas, lo que no aleja a esta producción de "El padrino III" y de otros ejercicios cinematográficos sobre conspiraciones religiosas más centradas en las ambiciones humanas que en maniobras institucionales.

Por otra parte, luego de manejar en forma tan confusa como recatada toda referencia a la supuesta unión matrimonial entre Jesús y María Magdalena, Howard llega a una vuelta de tuerca final -anticipo de la verdadera resolución del enigma- donde parece al fin distanciarse por un momento de su fuente originaria para sugerir un ingenuo mensaje universal de concordia y fe religiosa por encima de cualquier organización (y del romanticismo que la novela insinúa entre sus protagonistas). Allí queda en claro como nunca que ese tan buen actor que es Tom Hanks jamás termina de asumir la personalidad de Robert Langdon y, lo que es peor, muchas veces parece contagiarse del tono apagado y monocorde del que jamás escapa la pétrea Audrey Tautou.

En cambio, si algo puede disfrutarse a pleno en "El Código Da Vinci" está en cómo algunos intérpretes se sobreponen al modo vacilante con que a veces son presentados: la autoridad de Alfred Molina como el obispo, el arrebatado compromiso que Paul Bettany entrega para encarnar al siniestro y flagelante monje Silas, la maciza presencia que le da el siempre confiable Jean Reno a su policía y, sobre todo, el sabio histrionismo con el que Ian McKellen compone a Leigh Teabing, sin dudas el personaje más rico de un relato que ratificará las convicciones de los devotos de Dan Brown, quizá morigere sin apagar del todo el enojo de sus detractores y hasta podría desilusionar en buena medida a quienes se asoman por primera vez a este mundo de conspiraciones más ampuloso que profundo.

Marcelo Stiletano (La Nación) -


"El Código Da Vinci"

The Da Vinci Code
Estados Unidos, 2006, 146 minutos

Dirección
Ron Howard

Guión:
Akiva Goldsman

Fotografía:
Salvatore Totino

Música:
Hans Zimmer

Montaje:
Dan Hanley y Mike Hill

Protagonistas:
Tom Hanks, Audrey Tautou, Ian McKellen, Jean Reno, Paul Bettany, Alfred Molina, Jurgen Prochnow, Jean Pierre Marielle

Género
Drama

Estreno en Argentina
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