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Publicado el 24/11/2005

Shylock, en su contexto real

Shakespeare lo admite todo: sus piezas pueden ser trasladadas de época y lugar; ambientadas en escenarios desnudos o vestidas con los ropajes históricos que se prefieran; recreadas con respetuosa fidelidad a la letra o adaptadas a un lenguaje más actual. Admiten también, como ha hecho en este caso Michael Radford, que se las devuelva, digamos, a su lugar de origen, y que se intente reconstruir a su alrededor el contexto histórico social en que la acción transcurre. Shakespeare puede sobrevivir a esas operaciones (en general, accesorias: por muy diversa que sea la circunstancia histórica en que se los instale, Hamlet o Macbeth u Otelo son siempre nuestros contemporáneos) por la misma razón que suele ser tan difícil traducir a sus personajes en toda su riqueza: la certera profundidad de los retratos, su humana complejidad.

A la de Shylock, que es el gran personaje de "El mercader de Venecia" -el judío prestamista que exige la famosa libra de carne como garantía del préstamo a un cristiano que lo denigró y del que espera vengarse-, concurren la frustración y el ánimo de desquite, la humillación y el resentimiento, la desesperación y la crueldad. Esa complejidad explica, por un lado, la fascinación que el personaje suele ejercer sobre los actores, y por otro, la perdurabilidad de la polémica sobre el presunto antisemitismo de la pieza. Una cuestión ríspida determinante de que, a diferencia de otras obras shakespeareanas, ésta sólo haya merecido unas pocas versiones en la época del cine mudo (Méliès incluido) y sólo una en el sonoro: la mediocre producción franco-italiana que Michel Simon protagonizó en 1952.

Radford asume el riesgo, pero atiende la circunstancia histórica haciendo hincapié en la persecución antisemita de fines del siglo XVI: una leyenda colocada al comienzo y un prólogo ambientado en el gueto anticipan la voluntad de equiparar la situación de Shylock a la de cualquier minoría discriminada (quizá sin otra intención que la didáctica: ya expresa lo suficiente y con mayor elocuencia el célebre monólogo final en que el personaje se rebela contra la marginación sufrida por su gente).

La voluntad de contextualizar la historia va más allá: Venecia entera con sus canales y palacios ofrece su marco deslumbrante. La lectura prolija, aunque no brillante, del original permite que el texto, con su perturbadora ambigüedad, haga lo demás. Lo que tanto puede respaldar la intención de Radford como confirmar que la vieja polémica tiene su razón de ser.

Al Pacino tiene la autoridad necesaria para que su Shylock sea uno de los dos ejes de la acción, aunque no se prive de hacer sus habituales shows de "oficio"; el otro, el de la ingeniosa Porcia, que, como presa codiciada o travestida de juez para evitar lo peor, activa los mecanismos de la comedia, no encuentra en Lynn Collins la gracia y el encanto que pide el personaje, y su química con el galán Joseph Fiennes es inexistente. El resto -incluido Jeremy Irons como el pálido mercader que ahora se mete en deudas por algo más que solidaridad con un amigo- cumple decorosamente con sus compromisos. También lo hace la bella fotografía de Benoît Delhomme, aunque quizá sus tonos sombríos incidan demasiado en el clima melancólico que domina el film.

Fernando López (La Nación)


"El mercader de Venecia"

The Merchant of Venice
Bretaña-EE.UU.-Italia-Luxemburgo,2004, 134 minutos

Dirección
Michael Radford

Guión:
Michael Radford, sobre la obra de Shakespeare

Fotografía:
Benoît Delhomme

Música:
Jocelyn Pook

Montaje:
Lucia Zucchetti

Protagonistas:
Al Pacino, Jeremy Irons, Joseph Fiennes, Lynn Collins, Kris Marshall



Calificacion: 8

Género
Drama

Estreno en Argentina
24/11/2005



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