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Hay una perceptible atmósfera de melancolía y cierto aire fantasmal en ese bar de Pompeya donde se preservan valores tan caros al porteño como el fervor tanguero y el culto de la amistad. Y hay también un inclaudicable sentimiento de fidelidad a las tradiciones, que lleva a resistir las modificaciones impuestas por el tiempo y a defenderse de las distorsiones que en los años más recientes ha traído consigo el turismo -interno y externo- consumidor ávido de expresiones "típicas". El film con el que Daniel Burak intenta rescatar esa atmósfera y ese sentimiento ofrece un documento emocionado sobre el casi legendario reducto y sus personajes emblemáticos y, al mismo tiempo, una trama de ficción en la que se mezclan la historia de un amor fugaz y la laboriosa y compleja empresa que supuso la realización de la película en tiempos de crisis e inestabilidad económica.
La elección de esa compleja estructura no es solamente ingeniosa y atractiva, sino que además permitió dar respuesta casi inmediata a los variados problemas que enfrentó la producción a lo largo del rodaje: desde la muerte del fundador del local, Jorge "El Chino" Garcés, hasta las complicaciones financieras derivadas de corralitos y corralones. Si bien hay desajustes y altibajos en la articulación de los distintos sectores de la película y no falta algún giro forzado en la historia de ficción, el film conserva cierta unidad de tono y alcanza a transmitir una sincera carga de emoción.
Esa sinceridad se hace notoria cuando la película transita por el terreno más abiertamente documental. La mirada sobre ese grupo de gente estrechamente unida por la pasión de la música ciudadana es respetuosa y discreta y, aunque a veces cede al lenguaje un poco ampuloso y bastante declamatorio de la comunidad tanguera, en general busca subrayar la sinceridad y ahorra sensiblerías. Por eso parece más cerca de atrapar el secreto de la mística que rodea al Bar El Chino cuando observa a los parroquianos, cantores y bailarines que dan rienda suelta a su necesidad expresiva, o cuando registra el rostro franco y las palabras sencillas del propio Garcés que cuando los personajes de la ficción intentan explicarla.
La breve historia de amor entre el realizador que ha dejado inconcluso el documental tras la muerte del dueño del bar y la joven productora de TV que se entusiasma con el proyecto y lo estimula a seguir adelante parece mejor resuelta en los primeros tramos que cuando sobreviene un desenlace algo forzado, quizá porque la pena amorosa se corresponde con el clima dramático del tango, quizá para apoyar el tema del desarraigo que alguien apunta como sustancial en nuestra música ciudadana. Ese mismo tema tiene su desarrollo, también un poco vacilante, en la visita ocasional del hijo del protagonista, residente en España.
No son pocos en el relato de ficción los aciertos de la ambientación y de la puesta en escena, a los que deben sumarse diálogos que no registran notas falsas y personajes bastante creíbles (algunos de concepción "tanguera" como los dos amigos "de fierro" siempre listos para la compañía, la confidencia y la solidaridad).
En el elenco que encabezan Boy Olmi y la atractiva Jimena La Torre no hay notas discordantes. El testimonio de José Sacristán es un agregado final que se entiende menos por lo que aporta que por el papel decisivo que el actor español tuvo en la divulgación del nombre del viejo boliche (y de su aura mística) fuera de los círculos de la grey tanguera.
Fernando López (La Nación)
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