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Publicado el 07/08/2003

Film con el sello de Woody Allen

Empecemos por señalar lo más obvio: se trata de una película que lleva, de punta a punta, el sello personal de Woody Allen. Con esto queda dicho que estamos ante un film desbordante de ingenio, originalidad, humor de altísima calidad y un espléndido componente de realismo psicológico en atenuada clave de caricatura.

Queda dicho también que es una película dirigida a la inteligencia y a la emoción del espectador, consideradas como categorías que no se pueden separar. En "La mirada de los otros", como en todas sus obras, Woody Allen no usa un discurso para lo intelectual y otro para lo afectivo: mezcla todo de manera deliberadamente confusa en un único cauce, de modo que al público no le queda ninguna chance de separar lo racional de lo que apunta al sentimiento. Nadie -ni el más minucioso de los analistas ni el más perspicaz de los críticos- podría poner orden en la fascinante mesa de saldos que Woody Allen pone a nuestra disposición cuando despliega su vertiginoso torrente de vivencias y revelaciones humanas.

Es cierto que no hay nada de novedoso en ese desborde de vitalidad que desbarata cualquier intento de acomodar unilateralmente las cosas desde lo racional. Al fin y al cabo, ésa es la fina trampa que el genial neoyorquino nos viene tendiendo desde mucho antes de "Manhattan", "Dos extraños amantes", "Crímenes y pecados" y tantas otras realizaciones magistrales nacidas de su inspiración. Pero siempre es una fiesta volver a caer en las redes de un artista tan luminoso y creativo.

En la película que hoy llega a los espectadores porteños, Woody Allen nos invita a compartir una historia divertida y terrible. Nos cuenta los avatares de un director de cine que, en el preciso momento en que empieza a filmar una película, tropieza con un inesperado "contratiempo": se queda ciego.

Se supone que perder la vista es una experiencia extrema y trágica, pero el personaje de este film no lo vive de ese modo, sino en función de la dificultad que le crea para la concreción de su más inmediato proyecto profesional: dirigir el film que le han encomendado. Esta arbitrariedad argumental de Woody Allen pasa un poco inadvertida, pero en ella está escondida la clave de su mirada de artista y de pensador informal: alguien se queda ciego y en vez de medir su desgracia como una tragedia que habrá de condicionar toda su existencia futura la recibe como una fastidiosa contrariedad "profesional". Algo así como si a un general que está por encabezar un desfile se le hubiera saltado un botón. En el mundo de Woody Allen no sólo se mezclan lo intelectual y lo emotivo: también se confunden irremediablemente lo cotidiano y lo trágico, lo pequeño y lo grande, lo trivial y lo cósmico.

Ver de qué manera ese director privado de la vista se desplaza por el set de filmación como si nada le pasara, tropezando a cada rato con mesas y sillones, implica bastante más que una inocente diversión. El film nos va haciendo participar de una sutil angustia, que se roza a cada instante con la desesperación, con el ridículo, con el disparate. Tensa y crispada, la película tiene un trámite festivo, aunque el esqueleto abstracto de la trama amenace con tocar los límites de la tragedia clásica. En efecto: un film en el que todo está iluminado menos la mirada del director no deja de remitir a una paradoja torturante y culposa. Evoca la idea cruel de un mundo regido por un dios ciego, o, más precisamente, la contradicción de un arte cinematográfico gestado desde la más completa oscuridad.

Pero si el drama de prosapia mitológica sobrevuela tácitamente por encima de los personajes -y, especialmente, por sobre la cabeza del protagonista-, la película mantiene en todo momento el brillo exterior, la alegría visceral y el dinamismo acelerado y caótico de las mejores comedias de Woody Allen. Desde su diálogo chisporroteante y alocado, el film arroja permanentemente chispas satíricas sobre una serie de temas muy caros al creador de "Manhattan": el mundo y el submundo de Hollywood, las tramas ocultas de la industria del cine, la dudosa omnipotencia de los productores, las oscuras extravagancias de los directores, la forma en que se negocian los grandes contratos y los pequeños papeles de reparto. Hay señalamientos humorísticos bien de la trastienda hollywoodense, como el sensato cuestionamiento a la discutible utilidad de trasladar ciertos rodajes de California a Nueva York para terminar reconstruyendo en estudios la torre del Empire State.

Hay sarcásticos fuegos artificiales sobre las relaciones de pareja, sobre las caídas y los ascensos de la autoestima y sobre algo tan difícil de dilucidar como las ventajas o desventajas de contratar a un cameraman chino. Y no faltan ironías sobre cómo se planea la realización de un film, cómo resulta finalmente la película y qué opinión habrá de merecerle, en definitiva, a la decisiva crítica francesa. Sobre esos y otros temas se ironiza a toda máquina, casi sin parar.

El espíritu burlón de los diálogos convive con la sombría realidad de la ceguera (psicosomática y transitoria, pero ceguera al fin) y todo llevará, finalmente, al progresivo redescubrimiento de un mundo en el que todos estamos un poco ciegos y necesitamos que alguien mire por nosotros las cosas que están más allá de nuestra órbita de luz. La rara intriga culminará con la comprobación de que también el amor puede perderse y recuperarse súbitamente, sin explicación alguna, como la vista.

Impecable la puesta en escena de la comedia, preciso y sobrio el tratamiento visual de la historia (con una cámara cuya presencia casi ni se nota, como es habitual en las películas del indestructible cineasta neoyorquino) y de primerísima calidad el desempeño de los actores, empezando por el propio Woody, que repite -perfeccionado y enriquecido con algunos toques histriónicos nuevos- su eterno personaje: el hombrecillo neurótico y esquizofrénico que duda de todo, hasta de su neurosis y de su esquizofrenia.

Refuerzan el elenco el siempre sólido Treat Williams, como un típico productor mandón y prepotente; el invariable George Hamilton, como su enigmático asistente; la encantadora Téa Leoni, como la cambiante esposa del protagonista. Y una curiosidad: Mark Rydell, el recordado director de "En la laguna dorada", asumiendo con eficacia y soltura el papel de un representante artístico que no se detiene ante nada.

A los nostálgicos del jazz y de la canción melódica norteamericana, la banda sonora les depara varias sorpresas gratificantes. Por ejemplo, los impagables acordes de "Pobre mariposa" ("Poor Butterfly"), la eterna aunque trajinada página de R. Hubbell y J. Golden.

Bartolomé de Vedia (La Nación)


"La mirada de los otros"

Hollywood Ending
EE.UU., 2002, 112'

Dirección
Woody Allen

Guión:
Woody Allen

Fotografía:
Wedigo von Schultzendorff

Montaje:
Alisa Lepselter

Protagonistas:
Woody Allen, Treat Williams, George Hamilton, Téa Leoni, Debra Messing y Mark Rydell



Calificacion: 8

Género
Comedia

Estreno en Argentina
07/08/2003

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