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Publicado el 08/08/2002

Formas de vivir la vida

Es difícil imaginar que una familia de granjeros franceses se quede sin recursos económicos para seguir explotando el terruño propio. Pero, las deudas se agolpan en la espalda del padre de Nicolás, cuya vida insulsa se la debe agradecer a su propio padre, un nonagenario hombre de campo que ya sólo disfruta los amaneceres anaranjados mientras su hijo piensa en las cuentas que debe pagar.

Las tres generaciones comparten la granja. Las tres con objetivos de vida fastidiosamente similares. La más antigua, representada por los abuelos, vio en el campo la única solución para subsistir, la segunda, la de los padres de Nicolás, se sometió al mandato del patriarca, y la tercera, la de Nicolás y su hermana, se rebela o en último caso busca encarar de otra forma el estigma telúrico familiar.

Nicolás es joven, no quiere trabajar más de granjero, no le gusta. No quiere ni le interesa ayudar a las vacas a parir, aunque lo sabe hacer. Prefiere marcharse y recorrer el mundo. Su hermana sueña parecido. Aunque en ella, la cámara detecta silencios interiores más profundos.

El fatalismo borra las intenciones de Nicolás. Un trágico acontecimiento cambiará radicálmente sus planes y su vida. La familia se disemina de la noche a la mañana. Su madre entra a trabajar de cajera en un supermercado y sus abuelos son abandonados en una hogar para ancianos.

En el cine francés es común mostrar soberbias imágenes de la campiña francesa asociadas a terratenientes sibaritas, cultos y adinerados o personajes patológicos en lucha interna. Casi nos olvidamos de que en medio de esa panorámica también viven granjeros con vidas "normales". En este caso, Dupeyron presenta un fragmento de estos últimos. Y apuesta aún más, al menos dos generaciones de esta familia aborrecen ser granjeros, ahí va una línea de intriga.

Casi como una venganza del destino por sus sentimientos de rechazo, Nicolás debe hacerse cargo de recomponer los lazos familiares y dedicarse a lo único que sabe hacer, trabajar la tierra. Su lucha contra la ley de la herencia se convierte en una agonía existencial. Su padre tampoco pudo zafar del destino. Ahora Nicolás busca inconscientemente una burbuja de aire que le de una dosis de aire fresco frente a ese determinismo natural al que se dirige sin freno ni voluntad. Ni él ni sus dos mejores amigos quieren la monotonía rural pero parecen predestinados a seguir el rumbo sin objeción.

Un día, casualmente, conoce a una mujer de la cual se enamora inmediatamente, una mujer con dos hijos que vive en una zona alta conocida como la Meseta. Precisamente el mismo lugar de origen de sus abuelos. La zona está prácticamente aislada y sólo es visitada por grupos místicos. Sin embargo, el lugar posee una foresta medieval que corta la respiración.

Como única salida, la familia reagrupada decide volver a la granja abandonada por los abuelos en la Meseta, donde además vive su soñada María. Nicolás ahora busca formar su propia familia. ¿Es eso tan complicado? Tal vez alcanzando pequeñas metas y reconociendo los minúsculos detalles de su entorno pueda conocer el sentido de la vida. Como contraparte de Nicolás está María, madre y ex cantante de opera, que se refugia en ese paraje por la belleza y paz del lugar. Queda claro que la pequeña hermana de Nicolás cumplirá efectivamente su anhelo de alejarse de la granja y conocer Paris; es sólo cuestión de tiempo.

La fotografía de Nagata es impecable. El guión es absolutamente creíble con algunos toques de humor y crudeza. Dupeyron sabe que sus personajes, si bien son personas simples, no son menos interesantes. Algo por el estilo de Laurent Cantet. Simple y eficiente como certero a la hora de focalizar sobre aquellos conflictos internos que se dan no como clase sino como núcleo familiar proveniente de la movilidad social. Un punto interesante de esto es que la cultura como factor de crecimiento no cuenta, sólo hay distracción de los deberes domésticos y laborales. La vida de campo ha sido pocas veces contada con tanta lucidez. Dupeyron no ambiciona que sus personajes se transformen en algo distinto, que se "urbanicen", son así y así se ajustan a los cambios. Por lo pronto hay un regreso temporal a la raíces. Raíces que, como muy bien da cuenta Dupeyron, son difíciles de cambiar u olvidar.

Esta interesante película ganó en el Festival de San Sebastián (1999) premios a la Mejor Película y al Mejor Actor.

Andrés San Martín


"Vivamos otra vez"

C'est quoi la vie?
Francia, 1999, 115'

Dirección
François Dupeyron

Producción:
Michel Saint-Jean

Guión:
François Dupeyron

Fotografía:
Tetsuo Nagata

Música:
Michel Portal, Brian Yamakoshi

Montaje:
Bernard Sasia

Protagonistas:
Eric Caravaca, Jacques Dufilho, Isabelle Renauld, Jean-Pierre Darroussin,Michelle Goddet, Claudine Mavros, Elie Tazartes, Licinio Da Silva, Julie-Anne Roth, Yves Verhoeven, Marc Adjadj, Loïc Pichon.



Calificacion: 8

Género
Drama

Estreno en Argentina
08/08/2002



© FOTOGRAMA.com