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Publicado el 02/09/2001

La inteligencia de Spielberg

Agua. Mar agitado. Olas rompiendo permanentemente. El narrador (Ben Kingsley), en off, le explica al espectador la catástrofe que sacudió a la tierra. Su voz es calma y delata que el nuevo orden mundial ya está asumido.

Todo ocurre en un futuro no muy lejano, cuando los otrora hielos eternos se han convertido en mares por el recalentamiento del ecosistema. Ciudades como New York, Venecia y Amsterdam quedaron directamente sepultadas bajo el agua.

A diferencia de otros films de ciencia ficción de corte futurista, en "A.I." hay una mirada optimista en cuanto al futuro. No se ven rastros de pobreza, violencia, decadencia o marginalidad. En la mente de Spielberg hay fortuna o al menos un buen pasar para la sociedad en general. Aquellas características funestas (actuales) son sólo aplicables a las máquinas o a robots viejos que son descartados como basura, debido a la evolución tecnológica constante. Los hombres conviven con robots aunque no por ello han olvidado el antiquísimo odio y miedo que sienten por las máquinas o seres inanimados traídos a "la vida".

El problema no parece ser económico, en este caso la humanidad está diezmada psicológicamente por el control de natalidad impuesto por la autoridad: las familias no pueden tener todos los hijos que quisieran. Para aquellos que no tienen hijos o para quienes han perdido uno, la ciencia tiene la solución.

En Cybertronics, una empresa dedicada a la robótica de punta (hay algún parecido con "El hombre Bicentenario"), el Profesor Hobby (William Hurt), científico brillante, explica ante un grupo de oyentes (colegas y empresarios) las caracterísiticas de un nuevo modelo: un robot de la edad de un niño que pueda expresar emociones y sentimientos "naturalmente", que pueda amar "realmente" y nunca deje de hacerlo, que siempre esté de buen humor y es en definitiva, casi, un producto perfecto. Una asistente pregunta lo que todo guión con pretensiones intelectuales preguntaría: ¿pero el hombre podrá amar a la máquina? Se da por hecho que el robot podrá amar a un ser humano, ¿pero se dará el caso contrario?

El avance tecnológico es sorprendente, incluso para quienes viven allí, en la era donde la mayor riqueza es el conocimiento. Los vehiculos cambian, pero los personajes se visten como hoy. Y sí, según la visión de Spielberg se seguirán usando mocasines naúticos y camisas a cuadros. Qué lamentable destino para los diseñadores de indumentaria...

El hombre está a punto de corregir el pésimo trabajo atribuido a una entidad superior por la mitología cristiana (el mediocre guión fuerza al científico del futuro a saber de ella) y convertirse él mismo en una especie de Creador omnisciente, que construye un ser a su imagen y semejanza pero superior en lealtades, afectos o buenos sentimientos. El hijo perfecto está en camino.

Meses más tarde, Henry (Sam Robards), un empleado de la industria Cybertronics y su esposa Monica (Frances O'Connor), un mujer de 29 años que se decica a labores domésticas como lavar la ropa y limpiar la casa, cuyo hijo enfermo está criogenizado en espera de un avance de la ciencia, son beneficiados con un prototipo que reemplazará al hijo perdido. El pequeño y asombroso robot llamado David (Haley Joel Osment) está listo para conocer a su nueva familia. Las escenas de la llegada de David están colmadas de una fotografía difusa, que se apoya en el suspenso hábil y en el desconcierto materno.

La convivencia es ríspida al principio pero rápidamente Mónica se encariña con la pequeña máquina de ojos azules. La permanencia del pequeño robot está sometida a la voluntad de la nueva madre. En este punto surge uno de los escasos elementos interesantes de la historia y es en relación con el mito del Golem (y claro, el lenguaje). En la leyenda medieval (circa 1580) el Golem tenía la palabra "verdad" escrita (en hebreo) en la frente. Su amo para destruirlo tenía que borrar una letra, la palabra quedaría convertida en "muerte". Aunque no es igual, hay una similtiud: Mónica activa el "amor" de David al leerle unas palabras en voz alta. La lengua es un motor de vida, como lo puede ser insuflar aire en los pulmones.

Mónica le regala un oso de peluche de su hijo llamdo "Teddie". En realidad, el oso es un superjuguete que habla y casi razona mejor que David y los humanos. Este peludo personaje adquiere una actitud bizarra y absurda en la transcodificación cuento/film. No obstante, "Teddie" acompaña a David en la historia de Brian Aldiss "Super-Toys Last All Summer Long", aparecido en la revista Harper's Bazaar del año 1969. Pero lo que parecía estar arreglado se desajusta con la llegada de Martin al hogar, la ciencia en esos años no pierde el tiempo. El hijo pródigo entiende que su lugar en la familia corre peligro y se dedica a ponerle trampas sucias a David para que su madre lo expulse del paraiso, de la casa. Cosa que termina por ocurrir de una manera traumática: Spielberg da un manotazo doloroso a la entrepierna. Quien en algún momento dirigiera la impactante "Tiburón", cree en la idea de golpear y humillar para que el factor "Bambi" (o "El Rey León") haga lo suyo.

Allí abandonado a su suerte en un mundo desconocido y cruel, David conoce a "Gigolo Joe", un robot que representa el placer carnal sin peligro. Los robots, con los cuerpos de ambos sexos, pueden satisfacer las necesidades del ser humano. Todas y con mucho mejor resultado. Prueba de ello es "Gigolo Joe" (Jude Law), un personaje muy bien construido que chapotea en el anacronismo de pacotilla: música que pertenece a las primeras década del siglo XX, vestuario satinado y movimientos que recuerdan a "Fiebre de sábado por la noche" en combinación con "Cantando bajo la lluvia". De hecho, el film entero es un pastiche abominable de influencias y citas. Desde Pinocho hasta Kubrick, desde Rabbi Loew (el supuesto creador del Golem) hasta Tony Manero. Desde Spielberg hasta Disney. Probablemente Gigolo Joe es el personaje más maltratado por la perspectiva "todo espectador" de Spielberg. La supuesta perversión adjudicada a Kubrick para este rol fue evaporada.

David y Gigolo Joe se amaparan en la solidaridad entre perseguidos frente a la barbarie étnica, idea que puede tener reminiscencias ya vistas hasta el hartazgo pero que nunca parecen suficientes para los fanáticos de Steven. Obviamente son atrapados por un cruel cazador de máquinas.

Las escenas en la "Feria de la Carne" deben ser las peores de el film. Absoltamente ridículas y desmotivadas. Una suerte de circo chabacano poco gracioso y nada imaginativo. El placer de ver cómo los robots en desuso son destruidos para un show de TV con público presente es poco creible. Lo único que puede salvarlos a ambos es la clemencia de un niño que surte efecto en una madre. Y así escapan.

David al verse desplazado por el hijo "real" va en busca de ese sueño mesiánico (en busca del Santo Grial, en busca de la inmortalidad, etcétera). David "recuerda" las palabras surgidas del cuento de Pinocho que aseguran la existencia de un hada que puede convertir su sueño en realidad: que lo convierta en ser humano o en Orga, según el guión. Aunque no se pueda creer, atención editores, la historia del muñeco de madera que quería ser de carne y hueso seguirá siendo un "best seller" en el futuro.

En este punto la obsesión edípica del pequeño robot se apodera de la narración. David quiere que Mónica lo ame como a un niño de verdad, como a su otro hijo y sus circuitos sólo "piensan" en ello. En los últimos segmentos del film hay un punto de inflección que le exige al espectador muchísima fe y silencio para no caer en el precipicio de la carcajada estridente. Spielberg no encuentra nada mejor que citarse a sí mismo y da un salto en la narración que dura alrededor de 2000 años. El obcecado David está a punto de obtener lo que quería.

Esto y un poema patético recitado por el narrador, sumado a una duración superprolongada son los componentes finales para un desconcertante y emotivo final, escrito y dirigido por el nunca bien amado, pero previsible, Steven Spielberg. Su mejor cualidad es dirigir actores (aunque suene tautológico), su peor defecto es pretender ser el director que no es, fingiendo creer en ese costado pseudo-filosófico sin tener la capacidad siquiera para escribir un buen guión de ficción.

No, Spielberg no perdona. Cuando se hizo pública la noticia de que se haría cargo del inconcluso y demorado proyecto de Stanley Kubrick, "A.I.", nadie imaginó que ni siquiera en los créditos aparecería el nombre del difunto. ¿Acaso no es suficiente tributo una dedicatoria?

Pero ¿dónde está Stanley en este producto al que supuestamente le dedicó casi veinte años y al que Steven le tomó menos de dos años llevar a la pantalla?

Si bien hay hasta encuadres similares a los que utilizaba Kubrick (y como ya se dijo, muchas citas a sus películas) falta ese detonante magistral que desperdigue toda la moralina y las falsas ambiguedades y deje al film en los huesos. Tal vez así se puedan encontrar rastros de la idea original de Kubrick. Porque, ¿alguien duda de que al Maestro sólo le interesara algo más que un aporte de "software" de Spielberg?

Andrés San Martín


"Inteligencia artificial"

A.I. Artificial Intelligence
Estados Unidos, 2001, 132

Dirección
Steven Spielberg

Producción:
Walter F. Parkes, Jan Harlan y Steven Spielberg

Guión:
Brian Aldiss, Ian Watson y Steven Spielberg

Fotografía:
Janusz Kaminski

Música:
John Williams

Montaje:
Michael Kahn

Protagonistas:
Haley Joel Osment, Jude Law, Frances O'Connor, Sam Robards, Jake Thomas, Daveigh Chase y William Hurt.



Calificacion: 5

Género
Ciencia Ficción

Estreno en Argentina
06/09/2001

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