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Si bien no está establecido, ya es hora de afirmar que Juan José Campanella es uno de los mejores directores de cine de la Argentina. A partir de ahí, y de una filmografía impecable ("Ni el tiro del final", "El mismo amor, la misma lluvia") podemos ver cómo este artista crece junto con sus productos en un año en extremo productivo ("Culpables" en TV) para la dupla que compone con su coequiper, Fernando Castets.
Sacando el mejor provecho del excelente momento que vive el actor -ex galancito- Ricardo Darín (también protagonista de su anterior film "El mismo amor..."), Campanella reune un elenco de lujo que le responde con altura para sostener y sacar brillo a esta lograda comedia dramática.
La simple historia de Rafael (Darín), un gastronómico que se divorció de su mujer, casi no disfrutó de su hija y trata de eludir a su novia, mas por egoismo que por otra cosa, son la base para el desarrollo del guión. Su madre (la esta vez desconectada-conectada Norma Aleandro) está internada en un geriátrico porque sufre el Mal de Alzheimer. Y su noble padre (impecable Alterio) un italiano que supo inicar a su hijo en el restaurante, intenta a través de sus proyectos, despertar a su hijo.
Y en ese complicado camino de la vida, Rafael podrá reveer su situación. Tomará en cuenta la posibilidad de vender el restaurante familiar, se reencontrará con un viejo amigo de la infancia (Eduardo Blanco) que, a pesar de cargar con una tragedia personal, lo ayudará de una manera muy particular a reconstruir su pasado y recuperar su presente. Y entonces, el sueño de su padre (Héctor Alterio) de casarse con su madre por Iglesia resulta el motivo perfecto para revalorizar lo que tiene. Su vida y la de sus progenitores se verá entremezclada en un reconocimiento donde cada uno crecerá delante de nuestros ojos.
Una película impecable, que hace seguir creyendo en el cine argentino.
Pablo Silva
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