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Publicado el 30/05/2001

Lo bueno, si breve...

Este segundo largo de Zonca es como un golpe seco en un mentón desprevenido. El choque de huesos rompe lo imperturbable de la cotideanidad. No por el golpe en sí, sino por lo breve y duro de la experiencia.

En sólo 65 minutos de narración, el espectador observa un trozo de la cruda existencia de un joven delincuente francés. Zonca no le permite al espectador introducirse en la mente del crápula y moverse a sus anchas en esa agitada vida interior. En este caso, el espectador sólo asiste a una representación precisa, sin adornos, escueta y exterior, en la que el personaje principal se hunde en el infierno de a poco. No menos cierto es que con ese mismo Hades deben lidiar miles de jóvenes argentinos como "Ese".

Pero "Ese" no es un demostrativo, "Ese" (S) es el nombre que se da a sí mismo un joven aprendiz de panadero en la ciudad de Orleans, Francia. Su parecido físico con James Dean es notable. El tal vez ni siquiera sabe quién es el de la foto del bar, pero ya la referencia cae a los pies del espectador como un pañuelo, quien podrá levantarlo o dejarlo pasar.

La rebeldía innata hacia la autoridad lo lleva a perder un trabajo. Su idealización del mundo gangsteril lo empuja a cometer su primer robo, en pantalla (el sueldo de su novia), para huir de la ciudad y encontrar nuevos rumbos. "Ese" reaparece en Marsella, donde se une a una pandilla de ladrones que desmantelan casas. La carrera de delincuente no es fácil y como novato que es debe empezar por los trabajos menos importantes, como por ejemplo, acompañar a la madre de su jefe a hacer las compras y “limpiarle” la casa.

Como hobby y medio recreativo, el grupo de vándalos se entrena en un gimnasio. Allí todos se liberan de la adrenalina que acumulan en los atracos. El box o kick-boxing es un buen instrumento para demostrar capacidades, subir o bajar en la escala endogámica del hampa.

Además de ser permanentemente humillado, "Ese" aprende que no es de la misma calaña que ellos, que la libertad nunca es total ni tan amplia como se piensa y que las jerarquías existen en todas partes, incluso en los bajos fondos de Marsella. También aprende que sobrevivir involucra un poco de riesgo y mucho de fracaso.

La comunicación nunca es fluida en los ambientes marginales, será por eso que el film de Zonca resuma silencios incómodos, sonido ambiente, cámara al hombro y primeros planos que registran los movimientos corporales con tosquedad y precisión.

La austeridad del film y algunas escenas conflictivas (aunque el film está lejos de ser morboso) hablan de una coherencia estética y narrativa impecables, ambas desafían esos límites impuestos por la propia incapacidad más que por la presión exterior.

"El pequeño ladrón" no está hecho con un gran presupuesto. Por el contrario, Zonca apuesta a la austeridad estilística, a las buenas actuaciones, a la narración clara, franca, sin color y sin concesiones, antes que a un apellido estelar.

Este film pertenece a la clase de dramas que golpean con dureza la sensibilidad del alma, cuyo sonido marca una ruptura, un sonido que se parece mucho al de un mentón golpeado en seco por una mano grande y huesuda.

Andrés San Martín


"El pequeño ladrón"

Le petit voleur
Francia, 1999, 65’

Dirección
Érick Zonka

Producción:
Gilles Sandoz

Guión:
E. Zonca y Virginie Wagon

Fotografía:
Pierre Milon

Montaje:
Jean-Robert Thomann

Protagonistas:
Nicolas Duvauchelle, Yann Tregouet, Jean-Jérôme Esposito



Calificacion: 9

Estreno en Argentina
31/05/2001



© FOTOGRAMA.com