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Esta es una nueva adaptación de "Hamlet", de la mano del director Michael Almereyda, cuyo film "Nadja" (producido por David Lynch) fue duramente maltratrado en la Argentina. No obstante, esta versión de Shakespeare se sobrepone a las anteriores de Mel Gibson y Kenneth Branagh. Curiosamente, su "Hamlet", liberado a la postmodernidad, es un film maduro. Sigue en detalle la pieza clásica, incluso en un inglés antiguo, pero el contexto es distinto. El problema de este inglés es que se vuelve opaco y termina por borronear el mensaje.
El film navega dentro de los límites del texto escrito, pero llega a la catarsis en algunas escenas y explota, y se expande en ecos que revitalizan la compleja experiencia shakespeariana. El tratamiento visual lo actualiza sin desfigurarlo.
Corre el año 2000. Dinamarca es ahora una próspera empresa afincada en la inagotable ciudad de New York. El rey ha muerto y el principe Hamlet, su hijo, regresa al hogar. Cae en una tristeza indescriptible; fase depresiva ineludible para una personalidad como la suya, que le impide encontrar consuelo en sus coterráneos. Ni hablar de un poco de alegría por el casamiento de su madre con Claudio, su tío.
Tal vez la única persona capaz de comprenderlo es Ofelia, su amor, su secreto más preciado. Ella es una doncella silenciosa, discreta y obediente. Toda su ropa es de color rojo, hasta que su corazón se corrompe: allí se oscurece.
La historia sigue como el espectador la conoce, sin sobresaltos, ni quiebres sopresivos. Las mismas líneas, la misma impronta que le permite aglutinar bajo un mismo techo, un oscuro muestrario del comportamiento humano: asesinatos, mentiras, calumnias, traición, suicidio, trampas. Todo adherido al eje de la venganza.
Las actuaciones son sólidas y Almereyda se preocupa por una puesta en escena sin desperdicio, focaliza en cada personaje, dándole el protagonismo justo.
Algunos puristas se verán insultados al ver a Hamlet enunciando su "Ser o no ser", mientras camina por el pasillo de un Blockbuster o se disgustarán al verlo sentado en un avión. Pero no hay nada que falte en ese mapa del alma. Sigue intacto, pese a que las formas no son las tradicionales, o las que se suponen en un clásico de este tipo.
En relación con la ciudad, la monumental arquitectura neoyorkina se reduce a la fracción. Cada espacio da cuenta de ese inconfundible derroche de hormigón, acero, vidrio y creatividad. Ya sea en medio de la verticalidad de la Park Avenue, en un loft encumbrado o dentro de las espiraladas curvas del Guggenheim. Siempre serán recortes contemplativos de un todo.
Este "Hamlet" puede ser distinto, con la textura del video impregnando la pantalla, pero nada indica que hay una pérdida. Por el contrario, la tragedia sigue viva y está a salvo.
Andrés San Martín
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