Por tercer año consecutivo, me toca recibir una nueva edición del Festival de Mar del Plata. Me resulta imposible olvidar que asumí un día antes de aquella dramática edición 17ª, en la que dudábamos no sólo de su viabilidad sino también de la sustentabilidad de la Argentina y sus instituciones. Hablamos entonces del Festival del milagro que devino un ejemplo de cómo seguir adelante en horas tan difíciles. Planteamos también que el cine era un ejemplo de viabilidad para el país todo, como lo fuera en otros momentos y en otros ámbitos, marcando el valor de lo cultural como punto de partida de la construcción o la recuperación de las naciones.
Pudimos parecer ingenuos repitiendo: "si el cine pudo, la Argentina puede", lo cual era, en definitiva, confiar en lo que sostiene al cine mismo, el enorme potencial de creatividad de nuestra comunidad cuando se protege la producción y el trabajo.
Si aquel fue el festival del milagro, los siguientes, afianzaron un justificado y creciente sentimiento de esperanza.
La 19ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata es, de algún modo, un nuevo referente del lugar que nuestro cine ocupa en el mundo, pero también de nuestro modo de recibir la cultura universal con ojos propios. Reconocemos al hacerlo el origen mismo del encuentro, que comenzara en 1954, con el contexto de una sociedad más justa y capaz de proteger y desarrollar sus industrias y en particular la del cine nacional, que entonces era conocido y disfrutado por enormes audiencias internacionales. La Argentina era en su Festival la gran platea del cine mundial, cuando los más importantes festivales europeos se recuperaban de a poco del trauma de la guerra.
En esta 19ª edición creo imprescindible recordar que deberíamos estar celebrando las cincuenta ediciones del Festival de Mar del Plata. Sus interrupciones, como sus realizaciones, son al mismo tiempo una metáfora de la Argentina frustrada pero también de la soñada.
Y si hacemos historia es para construir un futuro. El del Festival de Mar del Plata lo imaginamos promisorio como espacio imprescindible que jerarquice el cine de la diversidad cultural y la calidad artística. Su lugar lo transforma en un faro en el que brillan especialmente la calidad y libertad de nuestro propio cine y el de nuestros compañeros de ruta del cine iberoamericano y el de las profundas raíces, el que constituye la Europa hermanada por su consanguinidad material y cultural con los argentinos. También, el de todas las culturas del mundo que conforman, en su diversidad, la verdadera unicidad con justicia de lo global.
Bienvenidos todos, entonces, a un Festival que, siendo joven, tiene cincuenta años de necesaria y merecida existencia.
Jorge Coscia
Presidente del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales
