La película de Peter Mullan, "The Magdalene sisters", ha sido lo mejor de una segunda jornada. Decepcionó Sofía Loren.
Contradictoria ha sido la segunda jornada competitiva este viernes en el Lido veneciano. Mientras el guineano Flora Gomes ha filmado un candoroso musical lleno de buenas intenciones pero prescindible, el escocés Peter Mullan, más conocido por su faceta de actor, presentaba el duro bosquejo de una especie de residencia - reformatorio para chicas y mujeres descarriadas, gestionado por monjas católicas en la Irlanda de los años 60. Polos casi opuestos de esa diversidad deseada por el director del festival, Moritz de Hadeln. La mayoría se ha quedado con el drama de Mullan, que nos demuestra que ni los 60 eran necesariamente esa década de libertad femenina ni el castrador integrismo religioso es monopolio de los musulmanes. Por otra parte, en la sección Contracorrente se ha visto "Rosa la china", de Valería Sarmiento, y fuera de concurso "Between strangers", pretencioso debut del hijo de Sofía Loren, Edoardo Ponti. La presencia de mamá no es capaz de salvarla.
"Nha fala", rodada en Guinea-Bissau y Francia, producida por este país junto a Portugal y Luxemburgo, narra la historia de Vita, una joven estudiante africana que parte a Europa prometiendo a su madre que nunca cantará, ya que la tradición familiar dicta que la mujer que lo haga quedará maldita y morirá. Sin embargo, en París, Vita se enamora de un músico, Pierre, y en plena pasión se olvida de la prohibición. Su novio la empuja a grabar un disco, que se convierte en éxito, y la joven, preocupada por que su familia se entere, decide regresar a casa y fingir su propia muerte y resurección, para demostrar que todo es posible si se tiene valor para intentarlo.
Suma de buenas intenciones, deseos de concordia inter-racial y música, Flora Gomes ha hecho una película que se deja ver pero acaba endulzando hasta la saturación el más amargo paladar. Por contra, la amargura vuelve inevitablemente con la potente nueva película de Peter Mullan, actor escocés lanzado por el film de Ken Loach "Mi nombre es Joe", que había debutado tras la cámara hace cuatro años con la inquietante "Orphans". A este hombre le interesa al contrario que a Gómez lo oscuro y el reverso de esa bonhomía cantada por el guineano. Su "The Magdalene sisters" es demoledora, y se beneficia de espléndidas interpretaciones de sus protagonistas, mujeres que por su turbador atractivo, por haber sido violadas, ser madre solteras o algo rebeldes han sido enclaustradas en residencias atendidas por las Hermanas de la Misericordia.
Estos conventos de la Magdalena eran auténticas cárceles religiosas, donde expiaban las culpas del pecado con el duro trabajo. Algunas de esas mujeres pasaban allí toda su vida y morían en su interior. El último de estos establecimientos irlandeses fue cerrado en 1996, lo cual resulta impactante. Mullan, sin embargo, sitúa su historia en los 60, mientras de puertas a fuera se produce el comienzo de la llamada "liberación de la mujer".
Valeria Sarmiento, la esposa del chileno Raúl Ruiz, como él residente en París y cineasta intelectual del exilio, ha hecho con "Rosa la china" su primera película en español, una mezcla de demasiados ingredientes, entre los que destaca el melodrama, cuya acción se desarrolla en la Cuba de los primeros 50, donde juego, droga, sexo, corrupciones políticas y oscuros negocios conviven en un tumulto de pasiones, tragedias y fiestas. Basada en una novela del cubano exiliado José Triana y con banda sonora de otro anti-castrista, Paquito D'Rivera, pero filmada en La Habana, en coproducción de Francia con España, Cuba y Portugal, "Rosa la china" usa de los trucos narrativos de las radionovelas de la época, pero lejos de mantener una distancia crítica frente a los hechos, se los toma demasiado en serio, y lo que en principio parecía una caricatura se convierte en un pastiche nada creible. El español Juan Luis Galiardo y la reina de las telenovelas cubanas Luisa María Jiménez son los principales intérpretes de esta cinta que participa en la sección Contracorrente.
Una presencia como la de Sofía Loren, espléndida a sus 68 años, es siempre deseable en un festival, aunque sea a costa de proyectar una película tan pretenciosa y cuya abundancia de medios y caras famosas contrasta con la vacuidad de su historia sobre los límites del amor materno. Loren fue la estrella de una jornada poco dada al glamour.
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