El film de Luis Ortega es una de las candidatas en la sección oficial.

"Caja negra"
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"Caja negra", opera prima del realizador argentino Luis Ortega, se convirtió en una sorpresa dentro de la sección oficial del Festival de Cine de Mar del Plata, con un sensible relato sobre la incomunicación y la necesidad de afecto que la pone entre las candidatas a obtener algún premio.
La película fue grabada en video digital por el propio Ortega y está protagonizada por la actriz Dolores Fonzi y por Edgardo Couget y Eugenia Bassi, dos personas sin ningún tipo de formación actoral, que hacen de sí mismos y que el director eligió por sus singulares características reales.
Lo único que sabemos de ellos es que Couget, un hombre huesudo y desgarbado, acaba de salir de la cárcel (nunca se dice por qué estuvo preso, pero tampoco hace falta saberlo), pasa el día durmiendo en un banco de plaza y pidiendo monedas y por la noche vuelve a una casa del Ejército de Salvación donde le dan comida y alojamiento.
Allí lo va a buscar su hija (Fonzi), una joven solitaria que trabaja en una tintorería planchado ropa y que, además de algunas changas como regar las plantas del vecino, pasa la mayor parte del tiempo con su abuela (Bassi), su única compañía, una anciana de casi 100 años con la que comparte cariño y a la que cuida, viste y alimenta.
El film alcanza niveles de poesía emocionantes, pero no por una construcción estética de la imagen, que no tiene ni le hace falta, sino por su forma particular -lejana de toda convención cinematográfica y respetuosa de sus propias reglas- de acercarse a la vida y de mostrarla tal como se presenta a cámara, aceptando sus tiempos y su ritmo vital.
Se trata de un filme de pocos recursos, hecho con más voluntad que dinero, grabado con cámara en mano, en escenarios reales, con un estilo que mezcla el documental y la ficción para explorar mejor la intimidad de esos seres reales, que se exhiben con sus angustias y escasas alegrías.
Es un estilo que se nutre de lo azaroso, de lo espontáneo, de los gestos, las miradas y las palabras que surgen -y que la cámara de Ortega supo rescatar de su fugacidad- durante breves contactos entre esos personajes condenados a la soledad, a la incomunicación, a la tristeza.
Ortega no dice nada sobre ellos, no explica su pasado ni las motivaciones de su presente; los muestra únicamente en sus acciones cotidianas, en sus vagabundeos, en su relación con otras personas que, al igual que ellos, viven la vida como un camino que se construye día a día, por la acumulación de detalles pequeños y no por la irrupción de acontecimientos especiales.
Eso -entre muchas cosas- es la vida: el devenir diario, rutinario, en el que las mismas acciones se repiten una y otra vez, en el que parece no pasar nada pero pasa de todo, porque aunque parezca intrascendente, el contacto humano genera siempre sensaciones que pueden pasar desapercibidas para la vista pero no para el corazón.
En la sección oficial también fue exhibida la película rusa "Fin de siglo" ("Konets Becka"), dirigida por el ucraniano Konstatín Lopushansky, que aborda la profunda crisis social, política y cultural que provocó la desintegración de la ex Unión Soviética.
La película narra con crudeza la pesadilla de los habitantes de esos países fragmentados a través de la mirada de dos mujeres, la de una periodista exiliada en Alemania y la de su madre, que se resiste a abandonar Moscú a pesar de la crisis.
Es la visión de dos sobrevivientes, miembros de dos generaciones afectadas por el mismo dolor, en quienes se refleja la magnitud del caos institucional y social, del cual sólo es posible salir -según propone el filme- comprendiendo los errores del pasado y estableciendo, a partir de ellos, un compromiso sincero con el presente.
Agencia Télam